Fin de semana en Barcelona. He pasado de la soleada capital catalana a la ya muy fría ciudad de Brighton. Fui porque el sábado tenía la boda de una amiga, una amiga también de 25, una pareja joven: después de siete años de noviazgo por fin se casaron.
Las dos horas de avión de London Gatwick a Barcelona se me pasaron volando, y nunca mejor dicho: o leía el diario o leía un libro o, a veces, pensaba y todo. Esta vez conocí a un francés de unos 43 años que se sentó a mi lado y que tenía ganas de hablar. Tenía mucha pinta de guiri: pelo anaranjado, cejas casi sin pelo, piel muy blanca, alto y delgado. Vivía en Barcelona desde hacía unos seis años, cuando la empresa textil francesa en la que trabajaba fue comprada por una empresa catalana. Estaba feliz de que tal adquisición hubiera ocurrido, le encantaba vivir en Barcelona. Al decirme que era de Bretaña le dije que fuera a un restaurante bretón en el pasaje, creo, Lluís Pellicer (a la altura de la avenida Diagonal con Muntaner) donde hacen unos crepes muy buenos. Él ya lo conocía pero le hizo mucha gracia que yo lo conociera. Le pregunté qué le parecían los barceloneses y me dijo que agradables pero poco formales: me explicó que un amigo suyo propietario de un bar-restaurante en Enric Granados estaba cansado de que los clientes entraran y le pidieran el pedido sin ni siquiera dar los buenos días. En este sentido los ingleses y los franceses son iguales, mal que les pese. En Brighton dices please o thank you cada dos por tres. Una vez, un chico ruso salió de una tienda y me dijo riendo: “Creo que entre el dependiente y yo hemos llegado a decir ocho thank you’s!”. Pero a mi me gusta esta formalidad, son unas pocas palabras de más que alegran el ambiente. Los últimos 30 minutos de vuelo el francés y yo estuvimos charlando de Barcelona, de idiomas y, por supuesto, del catalán, que entendía pero no hablaba. El avión aterrizó perfectamente y, de camino a la cinta corredera de las maletas, el bretón y yo nos separamos. Mientras yo esperaba que apareciera mi maleta vi al francés acercándose hacia mí, móvil en mano, con su equipaje y me dijo sin vacilar: “¿Cuál es tu número de teléfono?” Como no me esperaba una pregunta tan directa, acorralada y parada, le empecé a cantar mi número. “Me darías tu teléfono?”, “Te gustaría quedar algún día?”: este tipo de frases en condicional a los cuarenta y pico ya no se formulan, no? En fin, si llama ya pondré alguna excusa.
La boda estuvo muy bien. Se casaron en la Parroquia de Maria Reina de Pedralbes, un lugar y unos jardines realmente bonitos donde nunca había estado, o al menos no recuerdo haber estado. Cuando mi amiga entró en la parroquia vestida de blanco me emocioné bastante: estaba guapísima y a punto de llorar, fue una entrada de película. Una soprano iba interpretando entre sermón y sermón algunas canciones; la mejor, sin duda, el Ave María. Me alegré tanto por mi amiga que no paré de abrazarla más tarde en la fiesta mientras bailábamos y mientras, ya cuando nos despedíamos, llorábamos, sin saber muy bien de qué nos estábamos despidiendo. El aperitivo y el banquete fueron en el Hotel Arts. Para tal nivel pedí prestado un vestido demasiado caro como para decir el precio y un chal y unos zapatos y un anillo y una pulsera y unos pendientes y un bolso y… en fin, todo menos la ropa interior. La pareja hizo su genial entrada en la enorme sala del banquete a ritmo de Abba: Gimme, gimme, gimme a man after midnight. El menú fue agradable en el paladar, pedante escrito en la carta, atención: Crema caliente de Bogabante con contraste de cebollino y tomillo de limón, solomillo de ternera con milhojas de patata y raclette, espárragos y salsa de vino de Rioja, chiboust de limón caramelizado con consomé de frutas silvestres y el pastel nupcial. En mi mesa conocí al propietario de un bar de la calle Tuset, a una chica que trabajaba para la Damm y a una estudiante de arquitectura. A ésta última le pregunté si había leído El Manantial de Ayn Rand y me dijo que sí, y que también había visto la película (os recomiendo mucho este libro, es buenísimo). Después del vals y de un bonito vídeo de fotos de los siete años de la pareja, la barra libre robó el protagonismo a los recién casados. Estuve apunto de decidirme por el whisky pero preferí tirar por la ginebra porque no tenían gin alé, que dulcifica al primero. Qué grata sorpresa me llevé cuando vi que la ginebra que tenían era Bombay Saphire! Ya sé que no es la mejor ginebra, pero también es muy buena y, precisamente, casi no tuve resaca. Lo único malo fue el hielo, que se deshacía demasiado rápido. Bailé descalza y sin parar a ritmo de Paulina Rubio, Beatles, Amy Winehouse, Shakira, swing, la música dance de nuestros 17-18 años, etcétera.
El día después de la juerga fuimos a ver Vicky Cristina Barcelona. La grande sala del Cinesa Diagonal estaba llena, incluso había gente sentada en la tercera fila. Venía ilusionada con ver la peli porque hacía tiempo que la quería ver y porque el The Times la había dejado bastante bien, pero a todos los que preguntaba me decían que no la habían visto porque habían escuchado (o leído, no sé) que no era buena. A mí me gustó, me reí bastante. Es buena, inteligente y entretenida, y más si uno de los personajes es Barcelona, sea la Barcelona que sea. Penélope Cruz es la mejor, le suele salir muy bien el papel de histérica. La Scarlett, en cambio, siempre pone las mismas caras, y Javier Bardem también muy bien: parece que es sobre todo en los dos españoles donde Woody Allen quiso concentrar todo su humor.
El lunes, antes de coger el avión de vuelta a London Gatwick, fui a la farmacia a comprar Ibuprofeno 600mg porque en Inglaterra si no presentas receta médica no lo puedes comprar… ¡Asesinos! Quien decidió tal norma no tiene ni idea de lo que duele la regla cuando duele.
Las dos horas de avión de London Gatwick a Barcelona se me pasaron volando, y nunca mejor dicho: o leía el diario o leía un libro o, a veces, pensaba y todo. Esta vez conocí a un francés de unos 43 años que se sentó a mi lado y que tenía ganas de hablar. Tenía mucha pinta de guiri: pelo anaranjado, cejas casi sin pelo, piel muy blanca, alto y delgado. Vivía en Barcelona desde hacía unos seis años, cuando la empresa textil francesa en la que trabajaba fue comprada por una empresa catalana. Estaba feliz de que tal adquisición hubiera ocurrido, le encantaba vivir en Barcelona. Al decirme que era de Bretaña le dije que fuera a un restaurante bretón en el pasaje, creo, Lluís Pellicer (a la altura de la avenida Diagonal con Muntaner) donde hacen unos crepes muy buenos. Él ya lo conocía pero le hizo mucha gracia que yo lo conociera. Le pregunté qué le parecían los barceloneses y me dijo que agradables pero poco formales: me explicó que un amigo suyo propietario de un bar-restaurante en Enric Granados estaba cansado de que los clientes entraran y le pidieran el pedido sin ni siquiera dar los buenos días. En este sentido los ingleses y los franceses son iguales, mal que les pese. En Brighton dices please o thank you cada dos por tres. Una vez, un chico ruso salió de una tienda y me dijo riendo: “Creo que entre el dependiente y yo hemos llegado a decir ocho thank you’s!”. Pero a mi me gusta esta formalidad, son unas pocas palabras de más que alegran el ambiente. Los últimos 30 minutos de vuelo el francés y yo estuvimos charlando de Barcelona, de idiomas y, por supuesto, del catalán, que entendía pero no hablaba. El avión aterrizó perfectamente y, de camino a la cinta corredera de las maletas, el bretón y yo nos separamos. Mientras yo esperaba que apareciera mi maleta vi al francés acercándose hacia mí, móvil en mano, con su equipaje y me dijo sin vacilar: “¿Cuál es tu número de teléfono?” Como no me esperaba una pregunta tan directa, acorralada y parada, le empecé a cantar mi número. “Me darías tu teléfono?”, “Te gustaría quedar algún día?”: este tipo de frases en condicional a los cuarenta y pico ya no se formulan, no? En fin, si llama ya pondré alguna excusa.
La boda estuvo muy bien. Se casaron en la Parroquia de Maria Reina de Pedralbes, un lugar y unos jardines realmente bonitos donde nunca había estado, o al menos no recuerdo haber estado. Cuando mi amiga entró en la parroquia vestida de blanco me emocioné bastante: estaba guapísima y a punto de llorar, fue una entrada de película. Una soprano iba interpretando entre sermón y sermón algunas canciones; la mejor, sin duda, el Ave María. Me alegré tanto por mi amiga que no paré de abrazarla más tarde en la fiesta mientras bailábamos y mientras, ya cuando nos despedíamos, llorábamos, sin saber muy bien de qué nos estábamos despidiendo. El aperitivo y el banquete fueron en el Hotel Arts. Para tal nivel pedí prestado un vestido demasiado caro como para decir el precio y un chal y unos zapatos y un anillo y una pulsera y unos pendientes y un bolso y… en fin, todo menos la ropa interior. La pareja hizo su genial entrada en la enorme sala del banquete a ritmo de Abba: Gimme, gimme, gimme a man after midnight. El menú fue agradable en el paladar, pedante escrito en la carta, atención: Crema caliente de Bogabante con contraste de cebollino y tomillo de limón, solomillo de ternera con milhojas de patata y raclette, espárragos y salsa de vino de Rioja, chiboust de limón caramelizado con consomé de frutas silvestres y el pastel nupcial. En mi mesa conocí al propietario de un bar de la calle Tuset, a una chica que trabajaba para la Damm y a una estudiante de arquitectura. A ésta última le pregunté si había leído El Manantial de Ayn Rand y me dijo que sí, y que también había visto la película (os recomiendo mucho este libro, es buenísimo). Después del vals y de un bonito vídeo de fotos de los siete años de la pareja, la barra libre robó el protagonismo a los recién casados. Estuve apunto de decidirme por el whisky pero preferí tirar por la ginebra porque no tenían gin alé, que dulcifica al primero. Qué grata sorpresa me llevé cuando vi que la ginebra que tenían era Bombay Saphire! Ya sé que no es la mejor ginebra, pero también es muy buena y, precisamente, casi no tuve resaca. Lo único malo fue el hielo, que se deshacía demasiado rápido. Bailé descalza y sin parar a ritmo de Paulina Rubio, Beatles, Amy Winehouse, Shakira, swing, la música dance de nuestros 17-18 años, etcétera.
El día después de la juerga fuimos a ver Vicky Cristina Barcelona. La grande sala del Cinesa Diagonal estaba llena, incluso había gente sentada en la tercera fila. Venía ilusionada con ver la peli porque hacía tiempo que la quería ver y porque el The Times la había dejado bastante bien, pero a todos los que preguntaba me decían que no la habían visto porque habían escuchado (o leído, no sé) que no era buena. A mí me gustó, me reí bastante. Es buena, inteligente y entretenida, y más si uno de los personajes es Barcelona, sea la Barcelona que sea. Penélope Cruz es la mejor, le suele salir muy bien el papel de histérica. La Scarlett, en cambio, siempre pone las mismas caras, y Javier Bardem también muy bien: parece que es sobre todo en los dos españoles donde Woody Allen quiso concentrar todo su humor.
El lunes, antes de coger el avión de vuelta a London Gatwick, fui a la farmacia a comprar Ibuprofeno 600mg porque en Inglaterra si no presentas receta médica no lo puedes comprar… ¡Asesinos! Quien decidió tal norma no tiene ni idea de lo que duele la regla cuando duele.


7 comentarios:
ui, ui, ui, la regla como duele!!!
Que bien que escribes, princesa.
I tanto!!
Que bien, que guay, que... ¡no paras!
Ai Gaggie, que cositas más curiosas nos cuentas. Oye, y ya sabes, si necesitas más Ibuprofeno avísame, que te envio un paquete.
Un besito!
asi que anduviste por aquí y yo sin enterarme. me encanta que escribas contándonos tu vida, así tengo la sensación de que no te pierdo la pista. yo te la resumo en lo siguiente: gerona-filosofía-english teacher y los fines de semana leer como loca. una vida tranquila pero muy activa, parece contradictorio, hago mucho más aquí de lo que hacía en barcelona pero tengo la sensación de estar menos estresada. en fin, el pueblo tiene sus ventajas. besito
Apa, quants fans!! Jo demà començo les classes d'anglès. I am a man, and my name is enric
hola belleza. Recien hoy pude leer tus ultimas cositas. Me molesto bastante no estar en Barcelona pero no soy dueno de mi destino. Creo que en un par de semanas nos vemos. Cada vez me gusta mas como escribes. Mis errores ortograficos se deben a que te estoy escribiendo desde Sao Paulo. besitos.
Publicar un comentario en la entrada