martes 16 de diciembre de 2008

Musicales

Hace un mes, en la agencia de turismo donde trabajo, sobraron entradas para ir a ver el musical de Les Misérables. El día de la obra me vestí de negro y me puse una boina negra con una florecilla en uno de los lados que me queda divina. Cuando llegamos a Londres nos fuimos a dar una vuelta por las calles de Covent Garden y Picadilly Circus, las mejores zonas, sin duda, de Westminster. De noche es genial pasear por aquí, las calles están iluminadas con las luces intensas de las fachadas de los teatros: vas caminando y de repente topas con el teatro del musical de Edith Piaf, sigues el rumbo y te encuentras el de Oliver Twist, continúas y te fascinas con el del The Lion King, musical que estoy ansiosa por ver. Mientras paseábamos nos perdimos por una calle escondida y estrecha, tal y como era hace 200 años, con las fachadas de los edificios asimétricas y con lámparas de gas. “Por esta calle se paseó Jack el destripador”, dijo uno de los chicos que trabaja de guía turístico, seguido de una risa de esas de película de miedo. Después nos metimos en un bar encantador para tomar un cappuccino: el Dickens Room, que precisamente parece sacado de un libro de Charles Dickens. Acto seguido nos fuimos a Chinatown y al barrio rojo de Londres. Aquí me maravilló la tienda Ann Summers, que también está en Brighton, y donde venden una ropa interior de fantasía...
El teatro de Les Misérables (el Queen’s Theatre) es pequeño en comparación al teatro de Billy Elliot (The Victoria Palace), que fue el segundo musical que, hace dos semanas, pude ir a ver. Cuando los actores-cantantes de Les Misérables empezaron a actuar, las actuaciones me parecieron raras, quizá porque no tengo el oído acostumbrado a escuchar este tipo de teatro cantado de los musicales. Pasados unos minutos fui entrando poco a poco en la historia, en la música y en las interpretaciones, aunque me costara entender el inglés. Les Misérables es uno de los musicales más impopulares entre los estudiantes extranjeros porque precisamente cuesta mucho entenderlo. El musical en sí es una maravilla: el atrezzo es increíble y los actores y actrices tienen unas voces bonitas y potentes, será por algo que lleva más de veinte años en cartelera. Pero es muy frustrante si los detalles se te escapan porque no entiendes el idioma, aunque sepas por encima de qué va la historia. Ya me pasó con A Midsummer Night’s Dream y con Romeo y Julieta de Shakespeare, que no me enteré de nada (yo soy así de lista y me voy a ver obras de teatro con un inglés fácil). En fin, los clásicos hay que verlos.
Billy Elliot, en cambio, lo disfruté mucho más. Es más espectacular y el inglés no es tan difícil. Los niños que actúan en este musical son los verdaderos protagonistas: me quedé atónita con la soltura y la técnica con la que bailaban, sobre todo al final y sobre todo el niño que interpreta a Billy Elliot. Ballet, danza contemporánea, breakdance, claqué, cabaret… todos los estilos unidos (en la web del musical podéis ver alguno de los vídeos que tienen colgados). Al final nos pusimos todos de pie a aplaudir con fuerza, soltando toda la emoción y la excitación que nos habían provocado los artistas sobre el escenario.
Si vais a Londres y queréis ver un musical y vuestro inglés no es muy fluido (o no es de persona que lleva diez años viviendo en Inglaterra) id a ver Billy Elliot o The Lion King. Especialmente éste último, que como en breve no sobren tickets en la agencia donde trabajo iré a comprarme la entrada y, ya puestos, no me importaría pagar la más cara. Simba se lo merece.