Llegamos el jueves a Viena a las 12 del mediodía. El cielo está gris pero hace calor, mucho calor, demasiado para ser Viena, pienso. El coche con chofer que nos espera en el aeropuerto nos lleva hasta nuestro hotel, en el centro de la ciudad. Lo conduce Dimitri, un vienés de unos 30 años de padres serbios. Habla cuatro idiomas: alemán, serbio, ruso e inglés. Estos días está a tope de trabajo llevando a clientes futboleros de un lado a otro; hace más de 30 días que no tiene ni un solo día de descanso. Al entrar en la ciudad me sorprenden los bonitos e imponentes edificios de la capital austriaca, y lo bien cuidados que están. Dejamos las maletas en el hotel, cruzamos el Danubio y nos vamos a comer algo: una Lubina buenísima y cerveza tamaño Pint. Después del café nos decidimos a ir a dar una vuelta por el centro. Fugazmente pasamos por el palacio de la ópera para ir a visitar el Hotel Sacher (o más bien para ir a la cafetería a probar la tarta Sacher). Antes de hacer la degustación entramos en el hotel para ver algunas salas. Es un hotel de 1876, de un lujurioso rojo Moulin Rouge y muy bonito, aunque también demasiado recargado. Un lujo pasado de moda, vaya. En la cafetería tomamos un café bastante malo y un trozo de tarta Sacher buenísimo. Al salir, la calle vienesa ya está totalmente tomada por los aficionados rusos y españoles. A éstos últimos se les escucha más, los rusos, en cambio, se aposentan en las esquinas de las calles para beber litros de cerveza. De repente, se pone a llover con fuerza, pero tenemos la suerte de estar cerca de un hotel. Entramos y pedimos que nos llamen a un taxi. El taxi lo conduce un chico turco que, al saber que somos españoles, nos pone la radio en castellano. Nos dice que Viena es una ciudad muy feliz, que siempre hay movimiento. Al saber que venimos de Barcelona nos dice: “Hay otra palabra para denominar a alguien de Barcelona... cómo era... cala.. calama...” “¿calamar?” -preguntamos extrañados, hasta que me lo imagino: “ah! Catalán!”. Descansamos una hora en el hotel hasta que viene a buscarnos Dimitri para llevarnos directos al campo de fútbol. El estadio Ernst Happel está por fuera a rebosar. Nos ponemos a correr hacia nuestra puerta porque quedan pocos minutos para que empiece el partido (culpa del tráfico). Antes de entrar tenemos que pasar un control más exhaustivo que el de los aeropuertos, de esos en los que te sientes mejor si te toca una mujer. Subimos por las escaleras y nos encontramos el ambiente de golpe. Buscamos nuestras localidades y nos sentamos. El partido comienza. La primera parte es estresante: estoy totalmente concentrada, centrando mi atención en cada uno de los pases, de los córners y de las oportunidades de gol. "Ay! No! Casi! Mierda!". No soy una forofa del fútbol, pero me gusta y, además, un partido así, en directo, se disfruta muchísimo. En el descanso nos hacemos fotos con la bufanda de España (que no voy a colgar para no herir sensibilidades), como si ya intuyéramos el feliz desenlace. La segunda parte es genial. Salto de la butaca de alegría cada vez que hacen un gol, como si jugara el Barça. A partir del segundo gol nos relajamos y disfrutamos del fútbol. En la pantalla grande aparecen el príncipe y Letizia abrazándose y se escucha un que se besen al unísono y multitudinario en todo el estadio. Me sorprendo a mí misma celebrando los goles de la selección como nunca los he celebrado y hago por un momento un ejercicio de reflexión. Está bien, pienso, colgar el traje de mediadora para entregarme de lleno a uno de los dos bandos (en verdad es al fútbol al bando que me entrego). Y qué bonito es tener las cosas claras y saber con quién estás, al menos por una noche; qué bonito es ser por un día blanco o negro y no gris. Salimos contentos del estadio, hemos vibrado de lo lindo. Uno de los que vienen conmigo dice cuando acaba el emocionante enfrentamiento: “Y, encima, ninguno de nosotros es 100% español”. Después del partido coincidimos haciendo una cerveza con los padres de Casillas y de Capdevila. Me parecen unas personas sencillísimas y muy majas. “¿Te llamas Amanda? ¡Qué nombre más bonito!”, me dice la madre de Casillas. Las madres, sobre todo, no paran de hacerse bromas entre ellas, están contentísimas, ya relajadas. Al irnos les digo que espero que lo puedan celebrar el domingo, y les digo que sí, que ganarán.
Al día siguiente nos levantamos pronto y cogemos el avión de vuelta a Barcelona. En el avión pienso en todo lo que tengo que hacer esta semana y me estreso. Pero me relajo contenta pensando que he vivido, realmente, una noche para el recuerdo. Antes de bajar del avión recibo un sms de Sveta, mi amiga de San Petersburgo: “Congratulations, you were playing really great!”.
Al día siguiente nos levantamos pronto y cogemos el avión de vuelta a Barcelona. En el avión pienso en todo lo que tengo que hacer esta semana y me estreso. Pero me relajo contenta pensando que he vivido, realmente, una noche para el recuerdo. Antes de bajar del avión recibo un sms de Sveta, mi amiga de San Petersburgo: “Congratulations, you were playing really great!”.

