jueves 30 de octubre de 2008

Dietario Amanda Barcelona

Fin de semana en Barcelona. He pasado de la soleada capital catalana a la ya muy fría ciudad de Brighton. Fui porque el sábado tenía la boda de una amiga, una amiga también de 25, una pareja joven: después de siete años de noviazgo por fin se casaron.
Las dos horas de avión de London Gatwick a Barcelona se me pasaron volando, y nunca mejor dicho: o leía el diario o leía un libro o, a veces, pensaba y todo. Esta vez conocí a un francés de unos 43 años que se sentó a mi lado y que tenía ganas de hablar. Tenía mucha pinta de guiri: pelo anaranjado, cejas casi sin pelo, piel muy blanca, alto y delgado. Vivía en Barcelona desde hacía unos seis años, cuando la empresa textil francesa en la que trabajaba fue comprada por una empresa catalana. Estaba feliz de que tal adquisición hubiera ocurrido, le encantaba vivir en Barcelona. Al decirme que era de Bretaña le dije que fuera a un restaurante bretón en el pasaje, creo, Lluís Pellicer (a la altura de la avenida Diagonal con Muntaner) donde hacen unos crepes muy buenos. Él ya lo conocía pero le hizo mucha gracia que yo lo conociera. Le pregunté qué le parecían los barceloneses y me dijo que agradables pero poco formales: me explicó que un amigo suyo propietario de un bar-restaurante en Enric Granados estaba cansado de que los clientes entraran y le pidieran el pedido sin ni siquiera dar los buenos días. En este sentido los ingleses y los franceses son iguales, mal que les pese. En Brighton dices please o thank you cada dos por tres. Una vez, un chico ruso salió de una tienda y me dijo riendo: “Creo que entre el dependiente y yo hemos llegado a decir ocho thank you’s!”. Pero a mi me gusta esta formalidad, son unas pocas palabras de más que alegran el ambiente. Los últimos 30 minutos de vuelo el francés y yo estuvimos charlando de Barcelona, de idiomas y, por supuesto, del catalán, que entendía pero no hablaba. El avión aterrizó perfectamente y, de camino a la cinta corredera de las maletas, el bretón y yo nos separamos. Mientras yo esperaba que apareciera mi maleta vi al francés acercándose hacia mí, móvil en mano, con su equipaje y me dijo sin vacilar: “¿Cuál es tu número de teléfono?” Como no me esperaba una pregunta tan directa, acorralada y parada, le empecé a cantar mi número. “Me darías tu teléfono?”, “Te gustaría quedar algún día?”: este tipo de frases en condicional a los cuarenta y pico ya no se formulan, no? En fin, si llama ya pondré alguna excusa.

La boda estuvo muy bien. Se casaron en la Parroquia de Maria Reina de Pedralbes, un lugar y unos jardines realmente bonitos donde nunca había estado, o al menos no recuerdo haber estado. Cuando mi amiga entró en la parroquia vestida de blanco me emocioné bastante: estaba guapísima y a punto de llorar, fue una entrada de película. Una soprano iba interpretando entre sermón y sermón algunas canciones; la mejor, sin duda, el Ave María. Me alegré tanto por mi amiga que no paré de abrazarla más tarde en la fiesta mientras bailábamos y mientras, ya cuando nos despedíamos, llorábamos, sin saber muy bien de qué nos estábamos despidiendo. El aperitivo y el banquete fueron en el Hotel Arts. Para tal nivel pedí prestado un vestido demasiado caro como para decir el precio y un chal y unos zapatos y un anillo y una pulsera y unos pendientes y un bolso y… en fin, todo menos la ropa interior. La pareja hizo su genial entrada en la enorme sala del banquete a ritmo de Abba: Gimme, gimme, gimme a man after midnight. El menú fue agradable en el paladar, pedante escrito en la carta, atención: Crema caliente de Bogabante con contraste de cebollino y tomillo de limón, solomillo de ternera con milhojas de patata y raclette, espárragos y salsa de vino de Rioja, chiboust de limón caramelizado con consomé de frutas silvestres y el pastel nupcial. En mi mesa conocí al propietario de un bar de la calle Tuset, a una chica que trabajaba para la Damm y a una estudiante de arquitectura. A ésta última le pregunté si había leído El Manantial de Ayn Rand y me dijo que sí, y que también había visto la película (os recomiendo mucho este libro, es buenísimo). Después del vals y de un bonito vídeo de fotos de los siete años de la pareja, la barra libre robó el protagonismo a los recién casados. Estuve apunto de decidirme por el whisky pero preferí tirar por la ginebra porque no tenían gin alé, que dulcifica al primero. Qué grata sorpresa me llevé cuando vi que la ginebra que tenían era Bombay Saphire! Ya sé que no es la mejor ginebra, pero también es muy buena y, precisamente, casi no tuve resaca. Lo único malo fue el hielo, que se deshacía demasiado rápido. Bailé descalza y sin parar a ritmo de Paulina Rubio, Beatles, Amy Winehouse, Shakira, swing, la música dance de nuestros 17-18 años, etcétera.

El día después de la juerga fuimos a ver Vicky Cristina Barcelona. La grande sala del Cinesa Diagonal estaba llena, incluso había gente sentada en la tercera fila. Venía ilusionada con ver la peli porque hacía tiempo que la quería ver y porque el The Times la había dejado bastante bien, pero a todos los que preguntaba me decían que no la habían visto porque habían escuchado (o leído, no sé) que no era buena. A mí me gustó, me reí bastante. Es buena, inteligente y entretenida, y más si uno de los personajes es Barcelona, sea la Barcelona que sea. Penélope Cruz es la mejor, le suele salir muy bien el papel de histérica. La Scarlett, en cambio, siempre pone las mismas caras, y Javier Bardem también muy bien: parece que es sobre todo en los dos españoles donde Woody Allen quiso concentrar todo su humor.

El lunes, antes de coger el avión de vuelta a London Gatwick, fui a la farmacia a comprar Ibuprofeno 600mg porque en Inglaterra si no presentas receta médica no lo puedes comprar… ¡Asesinos! Quien decidió tal norma no tiene ni idea de lo que duele la regla cuando duele.

domingo 19 de octubre de 2008

Kemp Town

El barri on visc aquí a Brighton es diu Kemp Town. Té aquest nom perquè va ser el polític del segle XIX Thomas Read Kempt, who designed and built the place. És el millor barri de la ciutat perquè no està ni molt lluny ni molt a prop del més caòtic centre, cosa que el fa ser tranquil sense ser avorrit. És també el barri dels gays, sobretot al carrer St James street, on comença el barri, i on són les botigues, pubs i night clubs gays (on, per cert, a altes hores de la matinada i tampoc no tan altes, tothom va calent de cap i de tot). A la meva zona quasi bé no hi ha pubs, estan a deu minuts caminant. M’agrada la barreja de gent que viu al barri: gays, joves, gent gran i famílies; tothom, vaja. Casa meva està en un carrer tranquil, on només hi ha dues fileres de casetes de tres plantes, algunes són una monada. Sembla més un carrer de poble que de ciutat, d’aquests que quan surts de casa i et creues un veí et saluda encara que no el coneguis. Des de la meva habitació no se sent cap soroll, només de tant en tant el miol d’algun gat que té gana o s’ha perdut. A prop hi ha unes pistes de tennis i un Spa i, a cinc minuts, els bonics jardins de Sussex Square i la platja brightonesa amb el seu mar immens. Al sea front del meu barri els edificis són una meravella: són de l’estil de la Regència, amb unes façanes d’un color tan blanc que sembla que els pintin tres cops a l’any. Quan la llum del sol els il·lumina són encara més bonics, però tenen la personalitat de brillar gairebé igual fins i tot quan el sol ja s’ha esblaimat. Les formes d’aquests bells edificis són elegants, simètriques, tan ordenades que sembla inconcebible qualsevol tipus de desordre al seu interior: els seus habitants deuen portar sí o sí una vida ordenada i deuen prendre cada dia el té amb pastetes de les cinc de la tarda. M’encanta caminar pel passeig marítim quan fa sol però quan fa mal temps prefereixo evitar-ho: el vent que hi fot és gairebé mortal.
El carrer per on camino cada dia 20 minuts fins arribar al centre és St George Road. En aquest carrer s’hi troben les botigues, les perruqueries, les cafeteries, la bonica església de St George, alguns pubs i alguns supermercats (ah, tinc la gran sort de viure al costat d’un econòmic Lidl!). Les cases (que no edificis) d’aquest carrer són de tots colors, encara que la tonalitat clara és la més predominant. Les botigues són molt cuques, com totes les botigues petites angleses. Ahir vaig entrar en una d’aquestes botigues, on venen una mica de tot per la dona: productes per la pell, paraigües fashions, llibretetes molt mones i més tonteries maques de l’estil. Em vaig comprar una sleeping mask (foto); encara no sé perquè les finestres angleses no tenen persianes, només cortines i, és clar, a les 7 de la matinada comença a entrar la llum del dia, i jo només sé dormir a les fosques, sense un sol raig de llum (i a vegades ni així). Espero que aquesta màscara nocturna m’ajudi. Una mica més endavant d’aquesta botiga es troba el que és per mi el pub més maco del barri: el Thomas Kemp. Té unes portes-finestrals molt grans des dels quals pots accedir a les taules generoses o anar directament a la barra. Quan fa fred òbviament les tanquen però són tan grans que pots veure perfectament tot l’interior del pub. És com una espècie de dining room comú on es troba la gent guapa del barri de vint i molts anys o de trenta i escaig. Al carrer de dalt, Eastern Street, s’hi troba el Brighton College, una escola de primària i secundària que em recorda molt a la de Harry Potter. És enorme i té aquesta arquitectura semblant als edificis d’Oxford que impressiona tant: dona la sensació que allà dintre estiguin preparant els futurs mags de la política, de les finances i potser algun il·luminat de la literatura. Altres llocs emblemàtics del barri són el County Hospital (també de color blanc), el job center (molt necessari) i, com no, l’Starbucks! Al costat d’aquest Starbucks hi ha, però, una cafeteria molt acollidora on tenen penjats uns quadres de dones d’un tal Raymond Leech que m’agraden molt. A vegades, quan sec a les taules properes als finestrals vaig sotjant entre glops de cafè l’espectacle rutinari de persones creuant-se pel carrer. Aquí, però, de rutinari aquest espectacle en té poc. I és que si hi ha una cosa que m’agrada molt de les persones del meu barri i de Brighton en general és la poca vergonya que tenen alhora de vestir i de lluir una indumentària a vegades hortera però ben original.

Sleeping mask:

domingo 12 de octubre de 2008

Otro dietario

- Si hace una semana el viento casi se me lleva volando, ayer el cielo estaba despejado y el sol brillaba como si fuera de nuevo verano. Sin tener en cuenta el sábado pasado, por estos parajes está haciendo mejor tiempo ahora que en agosto. Ayer iba en camiseta de manga corta por la calle, yo, que soy una friolera. Cuando sale el sol en Brighton salen con él de su escondite un montón de personas. Ayer parecía que la ciudad estuviera superpoblada.

- El trabajo va bien, mi inglés no lo sé. Lo paso muy mal cuando suena el teléfono en la oficina, normalmente los que llaman son ingleses. Me cuesta más hablar el inglés con ellos porque, como no les entiendo bien, me pongo nerviosa. Es entonces cuando hago unas frases fatales e incomprensibles al oído de un inglés (comprensibles al oído de un extranjero). Como ya dije en la entrada anterior, mi listening de inglés no es tan bueno como para poder entenderlo bien cuando me habla un británico, pero mi jefe da más importancia al hecho de que los clientes castellanohablantes puedan utilizar su idioma en la oficina que no a que los ingleses o los estudiantes estadounidenses nos puedan entender. Adaptación por todo lo alto al cliente. En la oficina se puede utilizar la lengua española, la catalana, un poco de la italiana, la coreana y la portuguesa gracias a tres chicas estupendas. La agencia abrió hace sólo tres años y cada año crece un poco. Mi jefe, que es el propietario, trabaja tanto en la oficina vendiendo excursiones y viajes como haciendo de guía en algunos de los tours de los fines de semanas (en la agencia trabajan cinco guías más). Intenta dejarse el domingo de fiesta, aunque, a veces, o no se lo puede permitir o no le importa trabajar (está casado y tiene dos hijos pequeños). Le encanta su negocio. Cada vez que lo veo estresado y yendo de un lado a otro pienso que la agencia seguirá creciendo porque es un emprendedor ilusionado. Le entusiasma viajar y en su agencia ha plasmado su entusiasmo.

- Sabía que a los ingleses les encantaba ir a España a veranear y a emborracharse, lo que no sabía es que les gustara tanto su cultura. Hace seis años, cuando pasé el verano trabajando de camarera en Bradford (Yorkshire), los carteles publicitarios de la calle anunciaban los viajes a España con la imagen de un toro y un torero y con un eslogan en plan Sunny holidays in Spain! Ahora son más finos y, por ejemplo, en uno de los anuncios gráficos que he visto, aparece un grupo de jóvenes amigos sonriendo y catando vino tinto y el eslogan reza: Each Region has its wine; each wine is a discovery. Discover Spain through its Wine Routes. En la estantería de la casa donde vivo hay unos cuantos libros de gramática, cultura y turismo españoles: la propietaria de la casa estuvo viviendo una temporada en Barcelona y habla un poco el castellano. La chica escocesa con la que vivo empezó esta semana pasada a ir a clases de Spanish junto con una amiga suya irlandesa que estuvo trabajando un año en un hospital de Gran Canaria (las dos son enfermeras). En el The Guardian de ayer venía un suplemento dedicado a la historia, la literatura, la gastronomía y el arte españoles (Inspirational España). Me ha sorprendido gratamente ver que en ninguna de las fotos de los varios reportajes sale la imagen de la típica playa soleada de, por ejemplo, la Costa del Sol. Al contrario, las fotos son del arte arquitectónico andaluz, de los pueblecitos entre grandes montañas del norte, de molinos castellanos y estatuas de Don Quijote y del arte modernista catalán de Reus a Gelida.
No pretendo hacer una Oda a España en la distancia, lo que pasa es que siempre me ha molestado mucho que se vea a España como un país donde ir a tomar el sol y a emborracharse. Los dos últimos veranos que estuve en Inglaterra recuerdo que no me hacía ni pizca de gracia que los ingleses me empezaran a decir, una vez les decía de dónde era, olé, olé y oooooh, sun. Ahora, al menos, ya no dicen estas tonterías y te explican algún viaje que han hecho por diversas ciudades españolas. No creo que los británicos se estén sensibilizando por arte de magia con la cultura española, más bien creo que la oficina de turismo española está haciendo un buen trabajo por estas tierras. Aunque es verdad que también depende del público que tienes si decides mostrar lo más impersonal o lo más auténtico de tu manera de ser. Será que los británicos están madurando y ya están preparados para ver otra cara más compleja de España.

- Y en cuanto a la crisis, pues qué sé yo. Mi jefe está todo el día enganchado a webs que muestran las subidas y bajadas de la bolsa de diferentes países. Hace unos días le pregunté a qué venía toda esta crisis y se me remontó a los años 80 americanos, que si las subprimes, que si los bancos se prestan dinero entre ellos, etcétera. El otro día le pregunté a una mujer si a ella le afectaba directamente la crisis y me dijo que, por lo pronto, ya había decidido quedarse sin mujer de la limpieza y sin niñera. Y yo, cuando me siento con fuerzas compro el Financial Times para enterarme de algo, aunque acabo desviándome a las críticas de danza y teatro porque si la economía ya de por sí es complicada, imaginaros en inglés. Pero me gusta saber (o al menos intentar saber) qué está pasando.

sábado 4 de octubre de 2008

Dietari d'una tonta tarda de dissabte

Tarda de pluja i de vent a Brighton. No em penso moure de casa, aquest matí he tornat de les botigues del centre massa mullada com per tenir ànims de tornar a sortir. El planing és, doncs, xocolata desfeta, pastís boníssim que ha fet l’escocesa i llibre. Entre els llibres que ja fa setmanes que em vaig comprar al Waterstone’s i els que hi ha a la prestatgeria del menjador de la casa ho tindré difícil per escollir. Hauria de continuar amb l’Empire, però em ve de gust llegir novel·la. Llegir en anglès no és de les coses més complicades de l’idioma. Com tothom bé sap perquè tothom ja ha viatjat molt, el més complicat de l’anglès és entendre’l i pronunciar-lo correctament. El llegeixo i em sento super guai perquè o l’entenc bé o em puc fer una idea del que estic llegint, però després encenc la tele i em desanimo. Em sento idiota quan parlo en anglès amb l’escocesa i sento que domino l’idioma quan el parlo amb un estranger.

El vent bufa molt avui, moltissim. Vaig a paraigües per mes, i perquè els apuro molt. És una tarda de dissabte tonta, més tonta que les de diumenge. Dic que llegiré però segurament no obriré cap llibre i encendré la tele pensant que més important que llegir és fer oïda. M’agrada la casa, m’agrada molt la casa, és com per quedar-s’hi a viure. M’hi quedo a viure? A vegades penso que seria capaç de quedar-me a viure a qualsevol indret del món on m’hi trobés relativament bé, això sí, portant a la maleta tres o quatre persones. En la distància te n’adones de qui són aquestes persones elementals, sense les quals el teu petit món s’aniria avall. Bé, això últim és mentida, no cal anar-se’n tan lluny per adonar-se’n d’això.

Avui per fi m’he comprat un secador de cabell. Durant tres mesos no m’he assecat el cabell després de dutxar-me, però ara porto una setmana refredada i ja no és plan de sentir el calfred a l’esquena del cabell mullat. És un secador rosa fuxia molt xulo, amb un difusor que em farà uns rínxols de pel·lícula. Tinc ganes de sortir de festa, de posar-me un vestit cenyit, de beure Southern Comforts i de ballar fins que el meu cos quedi xop de suor. Però avui fa massa fred i, en realitat, em fa molt de pal sortir. A més, m’agrada sentir com cruixen les finestres per la força del vent mentre jo estic calenteta a casa, a la meva casa anglesa que cada dia m’agrada més.

“He vingut a aprendre l’anglès”, em dic quan em sento una mica perduda, quan sento que en comptes d’estar en una agència de viatges hauria de ser a Barcelona treballant de periodista o d’alguna cosa semblant. Pensaments que només són pensaments perquè òbviament em quedaré a Anglaterra uns quants mesos més, preparant-me no sé ben bé per a què, però preparant-me.