jueves 18 de junio de 2009

¿Y si me hago cantante?

No sé si porque he estado casi un año fuera de Barcelona o porque forma parte de mi dispersa naturaleza mental, hay días que me despierto sin saber en qué día vivo. Abro los ojos y, durante unos segundos, cuando mi mente no tiene aún ningún tipo de autonomía intelectual, se deja llevar por las intuitivas sensaciones del cuerpo (muy propio de mí), que le dicen que estamos en otoño y que quedan dos meses para Navidad. Quizá ello se deba al hecho de que la última vez que estuve en Barcelona era Navidad o que he vivido en un constante otoño por esos parajes ingleses. Ya me ha pasado más de una mañana, eso de despertarme y pensar que en dos meses es Navidad; y entonces, a veces, cual doncella en un castillo de la Edad Media, el canto de una golondrina me recuerda que estamos apunto de hacer la entrada al verano. Más común es eso de despertarse y mirar aturdida la habitación durante unos segundos para situarse. A mí esto no me pasa tanto, el espacio lo tengo más asimilado que el tiempo, aunque en menos de un año haya vivido en cuatro casas diferentes.
Hoy la vida se nos queda corta, muy corta, la mía la veo ya tan corta que me estreso. De repente tengo 26 años y sigo tan descolocada como siempre. Nunca he sabido dominar el tiempo, sea el tiempo de un día, el de todo un año o el de la vida misma. Supongo que tal incapacidad organizadora es la causante de que siempre, sea como sea, viva sumida en una especie de caos. Un desorden que empieza por el de la habitación (a mi edad...) y llega hasta límites insospechables (desengañaros: quien os dijo que ordenar la habitación va bien para ordenar la mente mentía). Quizá sea una de esas personas que sólo se sienten cómodas viviendo en un cierto caos, una ilusa que cree que a veces es mejor vivir con la balanza desequilibrada que, en un momento dado, desequilibrar bruscamente la balanza.
No sé hasta qué punto las influencias externas se interponen en el camino que imaginariamente intentas construir en tu mente, si es que estás construyendo algo. No sé tampoco si definirse profesionalmente sirve de algo, supongo que lo importante es ir haciendo cosas con un grado de implicación propio de los que tienen una vocación clara (es decir, los que un día se decidieron) ¡lo que me echen! Vas haciendo, vas haciendo y, cuando ya estás en tu salsa, con proyectos de un lado, blogs de otro, hobbies musicales y un grupo de amigos que se reúne cada viernes en el mismo bar, nace el primer hijo. Y entonces te das cuenta de lo importante que es la economía y de que tendrías que haberte dedicado a, simplemente, ganar dinero y haber dejado la bohemia para otra vida.

1 comentarios:

g dijo...

Amanda, deja de expresar mis miedos, que me asustas!