lunes 13 de julio de 2009

Caminos

“Pero Bloch se hizo antipático a mis padres por otras razones. Comenzó por irritar a mi padre, que al verle un día todo mojado, le preguntó con interés:
- ¿Pero qué tiempo hace, amigo Bloch, ha llovido? No lo entiendo, porque el barómetro estaba muy bien.
Y no obtuvo más respuesta que ésta:
- Me es absolutamente imposible decirle a usted si ha llovido o no, porque vivo tan apartado de las contingencias físicas, que mis sentidos ya no se molestan en comunicármelas.
- Pero, hijo mío, tu amigo es idiota- me dijo mi padre, cuando Bloch se hubo marchado-. De modo que ni siquiera sabe decir cómo está el tiempo, con lo interesante que es eso. Es un majadero.
Bloch se hizo antipático a mi abuela, porque como, después de almorzar, dijera ella que se sentía un poco mala, Bloch ahogó un sollozo y se secó unas lágrimas.
- ¿Cómo quieres que eso sea verdad, si apenas me conoce? ¿O es que está loco?
Y, por último, se hizo desagradable a los ojos de todos, porque después de llegar a almorzar con hora y media de retraso y todo lleno de barro, en vez de excusarse, dijo:
- Yo nunca me dejo influir por las perturbaciones atmosféricas ni por las divisiones convencionales del tiempo, y rehabilitaría con gusto el uso de la pipa de opio y del kriss malayo; pero ignoro el empleo de esos instrumentos, mucho más dañinos, y tan vulgares, que se llaman reloj y paraguas.”

“Al pasar el señor Legrandin junto a nosotros, saliendo de misa y al lado de una dama propietaria de un castillo de allí cerca, y a quien sólo conocíamos de vista, mi padre le saludó reservada y amistosamente a la vez, sin pararse; Legrandin apenas sí contestó, un poco extrañado, como si no nos conociera, y con esa perspectiva de la mirada propia de las personas que no quieren ser amables, y que desde allá, desde el fondo súbitamente prolongado de sus ojos, parece que le ven a uno al final de un camino interminable, y a tanta distancia, que se contentan con hacernos un minúsculo saludo con la cabeza para que guarde proporción con nuestra dimensión de marioneta.”

“Lo mismo que un hombre inteligente no tiene miedo de parecer tonto a otro hombre inteligente, el hombre elegante no teme que su elegancia pase inadvertida para el gran señor, sino para el rústico. Las tres cuartas partes de los alardes de ingenio y las mentiras de vanidad que, rebajándose, prodigaron desde que el mundo es mundo los hombres, van dedicadas a gente inferior. Y Swann, que con una duquesa era descuidado y sencillo, se daba tono y tenía miedo de verse despreciado cuando tenía delante a una criada.”
Por el camino de Swann, Marcel Proust
Como sigo sin encontrar trabajo y, por si fuera poco, tengo una especie de parálisis social, estoy aprovechando el tiempo para culturizarme. Al menos con este libro me río un rato.

1 comentarios:

g dijo...

"Como sigo sin encontrar trabajo y, por si fuera poco, tengo una especie de parálisis social, estoy aprovechando el tiempo para culturizarme. Al menos con este libro me río un rato."

Tú y yo, amiga mía, nos parecemos en muchas cosas.