martes 11 de agosto de 2009

Sortida

Sortideta curta a la Vilella baixa, un poble petit de El Priorat. Una amiga (ai, si no fos per les amigues!) em va convidar a estar uns dies a la seva casa de 1830, on antany la seva família feia vi. És un poble de pujades i baixades molt pronunciades i que sembla sortit d’una pel·lícula d’època medieval. Algunes cases (com la seva) estan construïdes sobre un barranc, cosa que fa bastant impressió de veure de lluny, a part de bonic. Per aquesta panoràmica, un poeta (no sé qui) va anomenar a la Vilella baixa el New York del Priorat, relació que, tot sigui dit, vaig trobar una mica desorbitada. El silenci es encantador. La finestra del menjador convidava a atansar-s’hi i a quedar-se molts minuts allà badant, contemplant el paisatge. Quan jeia al sofà sentia la serenitat corporal i quasi espiritual i, al mateix temps, la inquietud de pensar que aquella pau que semblava emergir d’entre les muntanyes i del riu de sota la casa anava a durar només un pocs dies, fins la tornada a la ciutat. Un senyor em va dir amb una veu molt pausada que l’ideal és passar sis mesos en un lloc com aquell i els altres sis mesos a la ciutat, amb tota la bullícia. Em deia que la tranquil·litat del poble (ben aprofitada, és clar) ajuda a la persona a madurar més ràpid per allò que tens més temps i calma per pensar, per llegir, per pair el frenètic dia a dia de la urbs, etcètera. Mentre jo engolia un deliciós tros de pa rodó mulladíssim amb tomàquet i oli i prenia un got de vi ben fort, pensava que per poder fer això de la regla dels sis mesos hauria de tenir molts calés i una casa a un poble de muntanya, de manera que vaig donar per anul·lada aquesta possibilitat per a mi (almenys a curt termini) i, de cop, el vi se’m va travessar a la gola perquè em vaig veure sent eternament igual d’immadura que ara, una urbanita histèrica i impacient sense poder centrar-se en res i fent cursos de, per exemple, ceràmica, per sentir que aconsegueix dominar l’estrès. Tinc l’esperança, però, de pensar que en aquests quatre dies de poble he aconseguit madurar l’equivalent a quatre anys a la ciutat.


Foto emulant el quadre de Dalí:




martes 4 de agosto de 2009

Progres, multis, reaccis

En el País semanal del domingo pasado, Almudena Grandes publicaba un artículo titulado El amor según las madres progres. Como la palabra progre me descolocó un poco en boca o tinta de esta escritora y como, en verdad, el artículo de Almudena Grandes era el único que había en esa última página (yo esperaba encontrarme la firma de Javier Marías, firma que debe estar de vacaciones) me dispuse a leerlo. Sin ya saber si tenía entre mis manos El Mundo o El País, y estando en un estado de animadversión hacia todo tipo de palabra que me recuerde la guerra derecha-izquierda o socialismo-capitalismo o PP-PSOE o demás divisiones del siglo pasado, me leí el artículo de la autora de Las edades de Lulú. Resumiendo, el texto explica una situación en que un locutor de 28 años conduce un programa de sexo de radio y, en una de las llamadas telefónicas, una oyente le ofrece públicamente “sexo fácil” y él le sigue el rollo sin cortarla tajantemente. Resumiendo aún más, la novia del locutor, de 25 años, deja al chico porque en vez de decir que no a la oyente picante, él le siguió el juego. En este momento entra en juego la madre progre con el consejo que le da a su hijo: “Si yo tuviera 25 años y un novio de 28 al que una desconocida se le insinuara por teléfono para ofrecerle sexo fácil, te aseguro que lo único que me preocuparía sería que mi novio dijera que no. Eso sí que me haría pensar, y no que le siguiera el rollo, como tú esta mañana, aunque te haya oído media España”. El artículo acababa con un parágrafo en que el hijo, mientras escucha las palabras sentimentales que le dice su madre sobre lo relativas que son algunas infidelidades, recuerda a la madre, estando casada, besándose con otro hombre en la cocina y al padre, estando casado con su madre, besándose en el aeropuerto con otra mujer.
Al acabar de leer el artículo me entró una especie de sospecha hacia la escritora, de quién sólo he leído el libro erótico Las edades de Lúlú: ¿Por qué utiliza la palabra progre en plan burla, palabra utilizada más bien por los de derechas para burlarse de los de izquierdas? ¿Por qué el artículo de una supuesta escritora de izquierdas defiende tan férreamente la fidelidad y el respeto mutuo de una pareja y se burla de otras tantas ideas que parecen utilizar más bien los de derechas para burlarse de los de izquierdas? ¿No era ella una progre más, la generación de los 60 y 70, los jóvenes de hoy conocidos como pijo-progres y todo ese universo? ¿No debería ser ella más ligera de formas, ser como la madre que critica en su artículo, ser como se supone que son todos los considerados progres, multis, happys, cosmos o cuantas más palabrejas hayan sido inventadas (o más bien derivadas) para definir y/o limitar a un supuesto sector de la sociedad? Y cuando ya me sentía un poco idiota preguntándome todas estas tonterías me di cuenta de que el artículo me había gustado mucho y de que comparto por completo la crítica que se desprende sobre la liviana educación recibida por los niños de esos padres ligeros de formas (y que lo más seguro es que yo también le hubiera montado un pollo a mi novio). Yo soy muy comprensiva, compasiva y, por si fuera poco, tengo mucha paciencia, pero ésta se me agota fácilmente cuando mi pareja o quien sea o lo que sea me pierde el respeto, y tengo que agradecer a mis padres que piense de esta manera y que tenga bien arraigado lo que es el respeto y la consideración hacia los demás. Eso es lo más importante y no la ideología de cada cual. Parece que los creyentes férreos en la política tengan que actuar en todas sus facetas de la vida según decreten sus respectivos partidos políticos. Vaya, que no hace falta, por ejemplo, que la madre que se cree progre actúe con sus hijos, dominada por sus creencias, como una auténtica ligera-happy-progre de verdad, del mismo modo que la que se cree reacci (reaccionaria) no hace falta que trate a sus niños todo el día con mano dura, como en tiempos del franquismo.
Y yo ahora no sé si me he vuelto reacci de golpe por opinar como opino sobre el desacierto de ese locutor y sobre otras cosas que acertadamente critica el artículo, lo que sí sé es que hace ya tiempo que aborrezco profundamente las recurrentes argumentaciones políticas y las palabrejas clasificatorias. Hoy en día, cuando alguien a quién yo creía bien situado en una cierta ideología me descoloca, aunque sea temporalmente, en un artículo o en una breve conversación, me emociono. Eso sí, creo que Almudena Grandes no debería de haber utilizado la hiper mega usada palabra progre para definir la manera de ser de esa madre ante sus hijos, porque una cosa es ser progresista y otra bien diferente es ser gilipollas.