domingo 6 de junio de 2010

Familia lejana

El cuaderno que me llevé a Italia cuando fui a hacer el Erasmus sólo tiene una página escrita (los Erasmus no son para ponerse a escribir diarios, la verdad). En esa única página escrita aparecen varios nombres italianos pertenecientes a mi familia lejana italiana. Los escribí, mientras mi padre me los dictaba, por si acaso tenía la ocasión de poder hacer una escapada e ir a conocerles. Entre los nombres aparecen el de mi bisabuela, el de la prima de mi abuela argentina, nombres de mujeres en general y el de los maridos de algunas de ellas. Me ha hecho gracia encontrar también frases escritas en mi italiano, que me las preparé para saber qué decir una vez atendieran el teléfono: “Vi ho chiamato perchè…” “Mi piacerebbe vedervi…”, etcétera. Cosas de la vida, el pueblo donde vivía parte de esta familia estaba tan sólo a media hora de donde yo hacía el Erasmus. Aun así, fue difícil ponernos de acuerdo en cómo vernos y al final vinieron las dos señoras de la casa (madre e hija) a verme al pueblo donde estudiaba. Nos fuimos a tomar un café al bar de la plaza central del casco antiguo, cerca de la iglesia y del teatro del pueblo. Recuerdo que cuando empezamos a hablar de la abuela de mi padre (que lo acogió cuando él estuvo de joven viviendo en Roma una temporada), sus caras cambiaron, como si de repente se hubieran dado cuenta que la chica que tenían enfrente no era tan lejana. Recuerdo también que eran amables y pueblerinas, muy sencillas. No nos hicimos ninguna foto para inmortalizar el momento, que, entre eso, la sencillez de ellas y su naturalidad, no pareció tener nada de trascendental. Pero, aunque hace ya cuatro años de ese encuentro, aún me acuerdo de sus caras y de sus maneras reposadas. Al despedirnos noté que habían estado a gusto y que les hubiera gustado haber tenido más tiempo para quedar conmigo en otro momento, y lo mismo sentí yo. A los pocos días ya volví a Barcelona, y el tiempo que al principio no aprovechamos durante mi estada en Italia se volvió, al final, en contra nuestra. Y como pasa cuando falta tiempo o valor o fuerza para profundizar en algo, di rienda suelta a mi imaginación: después de conocerlas me las imaginé, entre otras muchas cosas, en su hogar agradable y acogedor actuando como las típicas mammas italianas de antes, cocinando platos exquisitos y gritando a su marido cómicamente: “Francesco! Ma dai! dove hai lasciato il limoncello??”.
Como siempre pasa en las despedidas, nos dijimos que seguiríamos en contacto, y lo dijimos entusiasmadas, de verdad. Cuando ya volví a hacer vida en Barcelona el contacto se fue perdiendo porque el curso natural de la vida de cada cual fue haciendo su trabajo. Y, quizá, mejor así. Lo bonito fue conocerse y saber que si algún año volviera por ahí y me pusiera de nuevo en contacto con ellas me atenderían como lo hicieron aquella vez, porque por muy lejanas que sean las familias y las vidas, algo siempre queda.