lunes 15 de noviembre de 2010

Entre risas y vino tinto

Estábamos a punto de irnos del bar de la Rambla Catalunya después de pasar hora y media charlando y tomando unas copas de vino y unas tapas, cuando aparecieron tres señores que, entre bromas y risas (y más vino), consiguieron que nos quedásemos una hora más. Vi que uno de ellos llevaba enganchada en su chaqueta la amapola roja del Poppy day y les pregunté de qué parte de Inglaterra venían. Eran de Manchester y tenían entre 55 y 65 años y unas caras de alegría de esas que poco se encuentran durante el día a día. Eran hermanos y venían a pasar cuatro días a Barcelona sin su hermana, “que no sé por qué no quiere viajar con nosotros”, decía con ironía uno de ellos, mientras uno de sus hermanos estaba de pie haciendo un juego de magia con la baraja de cartas que llevaba encima. Tenían esa alegría profunda y trabajada, propia de las personas maduras, que sencillamente viene del haber vivido (y/o sufrido) y del haber aceptado lo vivido. Eran empáticos, y te preguntaban y te escuchaban con atención. El más bromista, el hermano mayor, era médico, y por su manera de ser y la graciosa foto de la tarjeta profesional que nos mostró, seguramente pediatra. Los otros dos eran científicos, más calmados que el hermano mayor, pero le seguían los juegos y las bromas con la misma alegría y determinación. “La mejor medicina es la risa”, dijo en un momento dado el médico, y acto seguido nos pusimos a imitar carcajadas, así, sin más. Mis dos amigas y yo reíamos sorprendidas por el teatro que se acababa de montar a nuestro alrededor y la clientela del local nos observaba entre sonrisillas y un cierto estupor. A mí no me gusta llamar la atención en los lugares públicos ni que la gente eleve la voz, pero fue un momento tan fuera de lo común, que incluso no sentí vergüenza cuando el camarero nos pidió que bajáramos un poco el tono, como si fuéramos adolescentes. Creo que lo anormal del momento fue que acabábamos de conocer a tres personas de lo más normales, naturales y espontáneas. Tres profesionales engalanados en sus camisas y en una elegancia y/o contención propia de la edad, pero con la suficiente sabiduría como para saber desprenderse de vez en cuando de los problemas y la pesantez de sus vidas. “El sentido del humor inglés es el mejor de Europa”, les dijimos sonrojadas a causa del vino y de las risas (del mundo no sé, porque el sentido del humor argentino también es muy bueno).

Cuando el vino y las risas se acabaron, les recomendamos algunos lugares para visitar y nos despedimos dándonos las gracias mutuamente por el momento tan agradable que acabábamos de pasar. Me supo mal que mi inglés no hubiera sido más fluido para bromear o conversar con más seguridad, pero por suerte una de las dos amigas con las que estaba lo hablaba a la perfección. Aunque, en este caso, no fue el idioma la barrera, ni las edades, ni la vergüenza, ni, en mi caso, la pausa involuntaria que se está tomando mi vida profesional y que no me predispone mucho a la vida social. Lo bueno del caso es que no hubo ninguna barrera, porque la voluntad de cada una de las seis personas que estábamos en esa mesa así quiso que fuera.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

La vida da estas oportunidades. bonita experiencia. Que importante es hablar idiomas, ¿verdad? Besitos de Horacio