“Aunque el joven tienda a mantenerse receloso –por timidez– está ingenuamente lleno de confianza en que la cordialidad con los otros lo arreglaría todo; por eso, más bien, sufre: porque le falta esa cordialidad. El maduro, en cambio, acepta ecuánime la cordialidad que le toca, y no sueña en fundamentar en ella su serenidad”.
C. Pavese, El oficio de vivir
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